Antes del Rey, existió el llanto.
El 16 de julio de 1950, en una casa humilde de Brasil, un niño observó a su padre con los ojos húmedos, quebrado frente a la radio. El Maracanazo había herido a una nación entera, pero en esa sala pequeña el dolor era íntimo, casi sagrado. Dondinho, exfutbolista sin gloria ni fortuna, lloraba como si el mundo se hubiese terminado.
Edson Arantes do Nascimento no entendía aún la dimensión histórica de aquella derrota, pero comprendía algo más profundo: el sufrimiento de su héroe.
Se acercó y prometió lo imposible.
“No llore, papá. Yo voy a ganar una Copa del Mundo para usted. ¡Se lo prometo!”.
Era una promesa de niño, o eso creyó el mundo.
Porque ese niño no cumpliría su palabra una sola vez, la cumpliría tres.
Edson había nacido en 1940, en Três Corações, en una familia donde el fútbol era herencia y condena. Su padre había sido jugador profesional, pero la carrera no le dio ni fama ni estabilidad. El talento, Edson lo aprendería pronto, no siempre trae destino.
Por eso el fútbol fue primero necesidad, así lo tenía de claro desde pequeño. Limpiabotas para ayudar en casa, pelotas improvisadas con medias viejas, calles de tierra como estadios, sueños gigantes en un cuerpo pequeño fueron la infancia de ese niño que cargaría con la felicidad de todo un país años más tarde.
En el barrio fue “Dicó”, después “Gasolina, por su energía inagotable. Más tarde Pelé, un apodo nacido del error y la burla, rechazado al principio, pero inevitable con el tiempo.
A los once años ya lo miraban distinto, a los quince, Waldemar de Brito lo tomó de la mano y lo llevó al Santos con una certeza que no admitía dudas: aquel chico no pertenecía a las calles, pertenecía a la historia.
Su Reinado En El Santos
El 8 de agosto de 1956, un adolescente flaco, de piernas larguiruchas y mirada tímida cruzó por primera vez el portón de Vila Belmiro. Su nombre era Edson Arantes do Nascimento. Nadie lo llamaba aún “O Rei”, nadie imaginaba que ese día no solo comenzaba una carrera, sino que se reescribía la historia misma del fútbol.
Sin saberlo, Pelé acababa de cambiar tres destinos para siempre: el suyo, el del Santos Futebol Clube y el del juego más amado del planeta.
Tenía 15 años, demasiado joven para el profesionalismo, demasiado talentoso para esperar. Debutó desde el banco, como si el fútbol aún dudara de él. Pero apenas pisó el césped, esa duda se evaporó. Marcó un gol y con ese gesto simple, casi inocente, abrió una compuerta que jamás volvería a cerrarse. Desde ese día, Pelé no se detuvo más.
El Santos dejó de ser solo un club paulista para transformarse en un escenario universal, un teatro itinerante donde el fútbol se representaba como arte puro. Y Pelé era su protagonista absoluto, el actor principal de una obra que nunca se repetía igual.
No era únicamente un goleador, eso sería reducirlo. Pelé era ritmo, era intuición, era belleza en movimiento. Disparaba con ambas piernas como si no existiera la dominancia. Controlaba el balón con una naturalidad insultante, anticipaba jugadas que aún no habían nacido. Donde otros veían un pase difícil, él veía una oportunidad estética. Pelé no jugaba al fútbol, lo interpretaba.
Los títulos comenzaron a llegar como una avalancha imposible de detener. Campeonatos Paulistas, Río–São Paulo, Copas Libertadores, Copas Intercontinentales. El Santos se convirtió en una potencia global sin necesidad de pertenecer a una gran liga europea, bastaba con Pelé.
Pero los números (colosales, irrepetibles) nunca lograron explicar del todo lo que sucedía cada vez que tocaba la pelota. Ir a ver al Santos no era asistir a un partido, era presenciar una actuación irrepetible. Era sentir que algo extraordinario podía ocurrir en cualquier segundo.
Ahí nacieron las historias que aún hoy se cuentan en voz baja, como si fueran mitos sagrados. El “gol de placa” en el Maracaná, tan perfecto, tan armónico, tan definitivo, que el estadio decidió inmortalizarlo con una placa conmemorativa. No era un gol más, era una obra de arte reconocida por un templo del fútbol.
O aquella tarde en Colombia, cuando fue expulsado injustamente. El público enfureció, la situación se volvió peligrosa. El árbitro, presionado por la multitud, tomó una decisión inédita: revirtió la expulsión. Pelé volvió al campo, marcó un gol y fue ovacionado. El único futbolista de la historia que fue expulsado… y desexpulsado.
Y luego estuvo África, en 1969, el Santos realizó una gira por un continente atravesado por conflictos armados y tensiones políticas. En Congo, algo insólito ocurrió: las facciones enfrentadas decretaron un alto el fuego para ver jugar a Pelé. Durante nueve días no se disparó un solo tiro. Pelé marcó siete goles, cuando el avión despegó, la guerra regresó.
Por un instante, el fútbol había sido más fuerte que las armas. Ese mismo año, llegó el momento que el mundo entero estaba esperando. El gol mil, un 19 de noviembre de 1969 en Maracaná de penal.
El estadio, acostumbrado al ruido eterno, cayó en un silencio absoluto. Pelé caminó lento, colocó la pelota y disparó. La red se movió…y el fútbol cambió para siempre.
No celebró como una estrella, no corrió en busca de gloria personal. Rodeado de fotógrafos, micrófonos y flashes, pidió algo simple y eterno: ayuda para los niños pobres de Brasil. Porque incluso en la cima del mundo, Pelé nunca olvidó el barro, la pobreza y las calles de donde había salido.
El Santos fue su reino, el lugar donde se convirtió en leyenda. Pero su figura ya no cabía en un solo club, en un solo país, ni siquiera en un solo deporte.
Pelé había trascendido el fútbol y el mundo entero lo sabía.
Rey De Brasil
Pero el reino de Vila Belmiro ya le quedaba chico, lo que Pelé hacía cada domingo con el Santos exigía un escenario mayor, uno donde el mundo entero pudiera mirar sin parpadear. Ese escenario tenía nombre propio: la Copa del Mundo.
Llegó al Mundial de Suecia 1958 como suplente, salió como inmortal.
Una lesión lo había dejado al margen de los primeros partidos y Brasil avanzaba con cautela, sin saber aún que guardaba en el banco a un elegido. El destino, caprichoso como siempre, le entregó una camiseta casi por azar: el número 10. En aquel entonces no significaba nada especial. Nadie lo sabía, pero desde ese momento ese dorsal jamás volvería a ser el mismo.
Cuando finalmente entró al campo, el mundo descubrió lo que en Santos ya era una certeza. Gol a Gales, para convertirse en el jugador más joven en marcar en un Mundial.
Tres goles a Francia, en semifinales, como una tormenta imposible de contener. Dos goles en la final, ante los anfitriones suecos, en una actuación que mezcló descaro, talento y una madurez absurda para su edad.
El resultado era evidente, Brasil campeón del mundo.
Pelé tenía 17 años y lloraba como un niño, abrazado a Garrincha y Nilton Santos, con el rostro empapado de lágrimas que no eran solo de alegría. En ese llanto había algo más profundo: había cumplido la promesa que le había hecho a su padre, aquella noche en que Brasil había perdido el Maracanazo de 1950. Promesa de redención, promesa de gloria.
Con Pelé y Garrincha nació algo que el mundo jamás había visto, el “Jogo Bonito”. El fútbol dejó de ser únicamente fuerza, táctica o improvisación. Se convirtió en arte organizado, en alegría consciente, en creatividad con sentido colectivo. El planeta entendió, por fin, que una pelota podía ser poesía en movimiento.
En 1962, en Chile, Pelé llegó como el Rey indiscutido, pero el fútbol, cruel incluso con los dioses, lo golpeó pronto: una lesión lo apartó del torneo cuando apenas comenzaba. Brasil siguió adelante, Garrincha tomó la posta y el equipo volvió a ser campeón.
Pelé levantó la Copa sin brillar en el campo, pero su presencia ya era parte del alma de ese equipo.
En 1966, en Inglaterra, llegó el Mundial más duro de su carrera, el más amargo, el más violento. Las patadas, la persecución constante, la falta de protección arbitral y el desgaste físico lo sacaron del torneo antes de tiempo y Brasil cayó prematuramente.
Muchos dudaron, algunos se atrevieron a decirlo en voz alta:
“El Rey ha envejecido.”
Se equivocaron, porque México 1970 no fue un regreso, fue una coronación definitiva.
A los 29 años, Pelé lideró una selección que para muchos sigue siendo la mejor de todos los tiempos. Aporto su liderazgo, inteligencia, pausa, visión total del juego.
La final ante Italia fue una obra maestra y aun así, hay jugadas que no terminaron en gol y quedaron grabadas para siempre en la memoria colectiva del fútbol:
El cabezazo perfecto que Gordon Banks atajó en la que muchos llaman “la parada del siglo”. El remate desde mitad de cancha, anticipando al arquero antes de que el arquero lo supiera. El amague sin tocar la pelota, dejando pasar el balón para que la defensa quedara suspendida en el vacío.
Brasil fue tricampeón del mundo, Pelé fue tricampeón del mundo.
Y la Copa Jules Rimet quedó para siempre en manos brasileñas.
Ya no quedaba discusión posible, no había debate, estadísticas ni comparaciones que resistieran. El fútbol tenía un Rey y el trono, definitivamente, tenía dueño.
El Hombre Detrás Del Mito
En 1974, Pelé se despidió del Santos Futebol Clube. No fue un adiós cualquiera, fue la separación entre un Rey y el reino que había construido con sus propias botas. Tras casi dos décadas, goles incontables y una transformación total del club en potencia mundial, Pelé cerraba un capítulo que parecía imposible de cerrar. Vila Belmiro ya no era solo un estadio: era un santuario. Y su figura, inseparable de la camiseta blanca, quedaba grabada para siempre en la identidad del Santos.
Pero su historia aún no estaba completa, había una misión pendiente, una que trascendía títulos y récords: llevar el fútbol a Estados Unidos, un país donde el “soccer” todavía era un deporte marginal, eclipsado por el béisbol, el fútbol americano y el básquet. Si alguien podía cambiar eso, era él.
En 1975, Pelé aceptó el desafío y firmó con el New York Cosmos. No fue solo un fichaje. Fue un acontecimiento cultural, el fútbol aterrizaba en Norteamérica de la mano del hombre más famoso del planeta. A su alrededor se reunieron estrellas, artistas, empresarios, políticos. El Cosmos se convirtió en un espectáculo global y Pelé, una vez más, en el centro de todo.
En cada partido, los estadios se llenaban, celebridades ocupaban las tribunas. Las cámaras lo seguían como si fuera un jefe de Estado. Pero en el campo, Pelé seguía siendo Pelé: goles, pases imposibles, sonrisas, elegancia. Convirtió el “soccer” en show, en evento, en conversación nacional. Plantó una semilla que décadas más tarde daría forma al crecimiento definitivo del fútbol en Estados Unidos.
Y entonces llegó el final, el 1 de octubre de 1977, en un estadio repleto y con el mundo mirando, Pelé disputó su último partido profesional. La despedida fue tan simbólica como su carrera: un tiempo con el Santos y otro con el Cosmos. Dos camisetas. Dos mundos, un solo Rey.
Cuando dejó el campo, el público se puso de pie, hubo lágrimas, aplausos interminables, abrazos. Pelé levantó los brazos por última vez, sonrió y dijo adiós al fútbol profesional. No como un hombre común, sino como una figura irrepetible que había llevado el juego desde las calles de Brasil hasta los rincones más lejanos del planeta.
Su carrera había terminado, su leyenda, no.
Más de mil goles.
Tres Copas del Mundo.
Un legado irrepetible.
Después vinieron los premios, el cine, la música, la política. La Ley Pelé cambió la relación entre clubes y jugadores en Brasil. También llegaron las polémicas, los errores, las contradicciones. Porque Edson era humano, aunque Pelé pareciera eterno.
La salud fue apagándose lentamente, bastón, silla de ruedas. Silencios más largos, pero el respeto nunca se fue. En 2014, recibió el Balón de Oro honorífico, algo que corrigió una injusticia histórica de parte de la FIFA. Pelé lloró como aquel niño de Três Corações.
Esa tal vez fue su última gran alegría por qué en 2022, el mundo se detuvo. Edson Arantes do Nascimento partió, pero Pelé no murió.
Porque hay jugadores que ganan partidos.
Otros que ganan títulos.
Y uno solo que dividió la historia del fútbol en dos.
Antes de Pelé.
Después de Pelé.
El niño se fue.
El Rey es eterno.
Datos y estadísticas de Pelé
La grandeza de Pelé no vive solo en los relatos, los recuerdos o las imágenes en blanco y negro. También está respaldada por números que aún hoy parecen imposibles, incluso en una era de calendarios sobrecargados y fútbol globalizado.
🔢Datos Y Estadisticas
🌍 Selección de Brasil
- Partidos internacionales: 92
- Goles: 77
- Promedio: 0,84 goles por partido
Copas del Mundo:
- 🏆 1958
- 🏆 1962
- 🏆 1970
Pelé es el único futbolista en la historia en ganar tres Mundiales.
Además:
- Máximo goleador histórico de Brasil (récord compartido durante décadas)
Jugador más joven en:
- Debutar en un Mundial
- Marcar en un Mundial
- Marcar en una final de Copa del Mundo
- Mundiales disputados: 4 (1958, 1962, 1966, 1970)
- Partidos: 14
- Goles: 12
- Finales jugadas: 3
- Finales ganadas: 3
- Goles en finales: 3
Nunca perdió una final mundialista.
🏆 Premios y reconocimientos individuales
- Balón de Oro Honorífico (2014)
Reconocimiento tardío, ya que durante su carrera el premio solo se otorgaba a jugadores europeos.
- Jugador del Siglo XX (FIFA, compartido con Maradona)
- Atleta del Siglo XX (Comité Olímpico Internacional)
- Máximo goleador histórico del Santos
- Máximo goleador histórico del Campeonato Paulista
👑 Récords y marcas históricas
- Más de 90 goles en un mismo año calendario (1959)
- Más de 100 goles en un año (1958 y 1961, contando todas las competiciones)
- Marcó goles en todos los continentes habitados
- Primer futbolista global de la historia: ícono deportivo, cultural y mediático
📌 Un dato que lo resume todo
Pelé no solo ganó, no solo marcó, no solo brilló.
Revolucionó la manera en que el mundo entendió el fútbol: como espectáculo, como arte, como lenguaje universal.
Los números explican su dominio.
La historia explica su trono.
📊 Trayectoria (clubes)
- Partidos oficiales: 812
- Goles oficiales: 757
- Promedio goleador: 0,93 goles por partido
Si se incluyen partidos amistosos y giras internacionales (muy habituales en su época), Pelé superó los 1.280 goles en más de 1.360 partidos, una cifra que ningún otro futbolista ha igualado.
Santos FC (1956–1974)
- Partidos: 659
- Goles: 643
Títulos principales:
- 6 Campeonatos Brasileños (Taça Brasil / Torneo Roberto Gomes Pedrosa)
- 10 Campeonatos Paulistas
- 2 Copas Libertadores (1962, 1963)
- 2 Copas Intercontinentales (1962, 1963)
New York Cosmos (1975–1977)
- Partidos: 107
- Goles: 64
·Títulos:
- 1 North American Soccer League (1977)












